
Mi casa es una casa de pueblo, con la diferencia de que existe una distancia de una cuadra entre casas. Esto es un pueblo acampado, cada familia posee un “gran terreno verde" que tiene la particularidad de estar semiinclinado, ya que todo el poblado se desarrolló en la falda de un cerro. En invierno, como lo es ahora el pasto está húmedo y se pueden encontrar miles de insectos indescriptibles.
Valentín, sin decirnos nada, cual mudo, caminaba a trancos gigantes y respiraba fuertemente (eso nos daba idea de que algo terrible estaría por pasar), cuando tenía una idea “malilla”, comenzaba a respirar así.
Ya transcurridos, tres minutos aproximadamente, de caminar, llegamos al final del terreno de mi casa, Valentin nos dijo, cállense, se sentó en el suelo, y con esa actitud un poco orgullosa y casi pesada, sacó una cortaplumas que le regaló el tío Juan (su padre), en el cumpleaños, con fuerza tomó una rama seca de un arbusto, y sacándole punta dijo: Ya está listo, por fin, ahora a cazar san Juanes. ¿QUÉ? gritamos anonadados con Daniel, ya que veíamos que la punta de esa pequeña arma terminaría con algún pobrecillo san Juan. Ya pues levántense y busquemos San Juanes, nos ordenó con cara de loco Valentín.
Entonces con Daniel cuando veíamos alguno (que en mi pueblo hay muchos), metíamos bulla para que pudiera volar y salvarse del salvaje de Valentín.
¿Qué harás con eso? Se atrevió a preguntar Daniel. Bueno esto es para que cuando atrapemos a esos bichos, les metemos esto en la cola, y ellos van a comenzar a volar igual que un planeador, hasta caer al suelo, JAJAJAJAJ.
¿Cómo? Ahí Daniel reaccionó, ya que el y yo amabamos a los animales, sin importar su porte, y aún cuando le teniamos miedo, lo enfrentamos.
¿Estás loco? Dijo Daniel, eso es un abuso al reino animal (a veces se ponía un poco científico loco). Si lo haces te vamos a ir a acusar con las mamás y te van a volver a castigar. No importa dijo, y cuando estaba a punto de meter esa arma en la preciada colita de un san Juan, Daniel tomó vuelo y le dio un puñete en pleno rostro a Valentín. Comenzaron a rodar por el pasto, y yo aproveché de soltar al mencionado bicho.
La lucha se convirtió cada vez en algo peor, hasta que se percataron nuestros padres que venían llegando de la verdulería y separaron a mis primos a punta de retos y amenazas.
Yo cual espectador, no hacía mas que observar las caras que cada uno tenía. Daniel y Valentín, empapados en sudor y sus ropas llenas de la paja del pasto, se defendían incesantemente, mi padre no entendiendo la situación y el tío Juan azul de rabia. Entonces no se les ocurrió nada mejor que decir que yo como testigo acular o algo así, tenía que decir lo que realmente había sucedido. Yo conté los hechos con toda la honestidad del mundo, y con muchas ganas, porque hace rato que me venía molestando la osadía y maldad de Valentín.
Luego papá y el tío nos calmaron y recordaron cuando niños algo similar que les había ocurrido a ellos, ya que ellos eran vecinos y se conocían desde que nacieron.
Pues un día el tío Juan había emprendido la fea labor de cortar la cola de las lagartijas (parece que mi primo heredó el mal de mi tío), y entonces cuando mi abuelo (Tomás), los pilló, les aplicó el siguiente castigo: Cada vez que vieran insectos pequeños, en vez de maltratarlos deberían saludarlos, durante todo el día como quien saluda a una persona, dándole un nombre y preguntándole por su familia. Pero eso es imposible – dije yo- , porque ¿como el abuelo comprobaría eso?.
Pues el abuelo era muy inteligente y los invitó a dar un paseo, durante todo ese tiempo tuvieron que saludar a los insectos y reptiles que se les cruzaran. Mi tío terminó de hablar, y nos tomaron a los tres y dijeron vamos a pasear, entonces ocurrió lo más ridículo, ahí estaba yo, Valentin y Daniel, sacándose el sombrero y saludando a las lagartijas: ¿Cómo esta doña filomena?¿Que tal todos en casa?, Hola señora libélula, perdón Margarita. ¿Cómo está don Pancracio?. La risión fue enorme, terminamos todos extenuados tanto reírnos, y nunca más se nos olvidará que todo ser vivo, por muy pequeño que sea, también tiene derecho al respeto y cuidado de nosotros los más grandes.
Valentín, sin decirnos nada, cual mudo, caminaba a trancos gigantes y respiraba fuertemente (eso nos daba idea de que algo terrible estaría por pasar), cuando tenía una idea “malilla”, comenzaba a respirar así.
Ya transcurridos, tres minutos aproximadamente, de caminar, llegamos al final del terreno de mi casa, Valentin nos dijo, cállense, se sentó en el suelo, y con esa actitud un poco orgullosa y casi pesada, sacó una cortaplumas que le regaló el tío Juan (su padre), en el cumpleaños, con fuerza tomó una rama seca de un arbusto, y sacándole punta dijo: Ya está listo, por fin, ahora a cazar san Juanes. ¿QUÉ? gritamos anonadados con Daniel, ya que veíamos que la punta de esa pequeña arma terminaría con algún pobrecillo san Juan. Ya pues levántense y busquemos San Juanes, nos ordenó con cara de loco Valentín.
Entonces con Daniel cuando veíamos alguno (que en mi pueblo hay muchos), metíamos bulla para que pudiera volar y salvarse del salvaje de Valentín.
¿Qué harás con eso? Se atrevió a preguntar Daniel. Bueno esto es para que cuando atrapemos a esos bichos, les metemos esto en la cola, y ellos van a comenzar a volar igual que un planeador, hasta caer al suelo, JAJAJAJAJ.
¿Cómo? Ahí Daniel reaccionó, ya que el y yo amabamos a los animales, sin importar su porte, y aún cuando le teniamos miedo, lo enfrentamos.
¿Estás loco? Dijo Daniel, eso es un abuso al reino animal (a veces se ponía un poco científico loco). Si lo haces te vamos a ir a acusar con las mamás y te van a volver a castigar. No importa dijo, y cuando estaba a punto de meter esa arma en la preciada colita de un san Juan, Daniel tomó vuelo y le dio un puñete en pleno rostro a Valentín. Comenzaron a rodar por el pasto, y yo aproveché de soltar al mencionado bicho.
La lucha se convirtió cada vez en algo peor, hasta que se percataron nuestros padres que venían llegando de la verdulería y separaron a mis primos a punta de retos y amenazas.
Yo cual espectador, no hacía mas que observar las caras que cada uno tenía. Daniel y Valentín, empapados en sudor y sus ropas llenas de la paja del pasto, se defendían incesantemente, mi padre no entendiendo la situación y el tío Juan azul de rabia. Entonces no se les ocurrió nada mejor que decir que yo como testigo acular o algo así, tenía que decir lo que realmente había sucedido. Yo conté los hechos con toda la honestidad del mundo, y con muchas ganas, porque hace rato que me venía molestando la osadía y maldad de Valentín.
Luego papá y el tío nos calmaron y recordaron cuando niños algo similar que les había ocurrido a ellos, ya que ellos eran vecinos y se conocían desde que nacieron.
Pues un día el tío Juan había emprendido la fea labor de cortar la cola de las lagartijas (parece que mi primo heredó el mal de mi tío), y entonces cuando mi abuelo (Tomás), los pilló, les aplicó el siguiente castigo: Cada vez que vieran insectos pequeños, en vez de maltratarlos deberían saludarlos, durante todo el día como quien saluda a una persona, dándole un nombre y preguntándole por su familia. Pero eso es imposible – dije yo- , porque ¿como el abuelo comprobaría eso?.
Pues el abuelo era muy inteligente y los invitó a dar un paseo, durante todo ese tiempo tuvieron que saludar a los insectos y reptiles que se les cruzaran. Mi tío terminó de hablar, y nos tomaron a los tres y dijeron vamos a pasear, entonces ocurrió lo más ridículo, ahí estaba yo, Valentin y Daniel, sacándose el sombrero y saludando a las lagartijas: ¿Cómo esta doña filomena?¿Que tal todos en casa?, Hola señora libélula, perdón Margarita. ¿Cómo está don Pancracio?. La risión fue enorme, terminamos todos extenuados tanto reírnos, y nunca más se nos olvidará que todo ser vivo, por muy pequeño que sea, también tiene derecho al respeto y cuidado de nosotros los más grandes.
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